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Bienvenido Pete Townshend

Bienvenido Pete Townshend

Visitas: The Who

El próximo 1 de octubre y luego de un par de anuncios fallidos, Pete Townshend y lo que queda de The Who tocarán en Argentina. Será en la ciudad de La Plata en un concierto insólitamente compartido con Guns and Roses. Pero lo importante es que se podrá ver y escuchar en vivo a los Who. Y también que todavía se puede conseguir en las librerías locales Who I Am, la autobiografía de Pete, de la cual reproducimos a continuación la escena en que el guitarrista se encuentra con su sonido gracias a Jim Marshall.

En 1964 empecé a tocar la guitarra como siempre había deseado. El sonido por el que me solía decantar hasta entonces era un préstamo más o menos laxo del solo de guitarra que el prodigio americano Steve Cropper practicaba en «Green Onions»: un riff frío, amenazador, sexual. Supongo que así es cómo me imaginaba yo a los dieciocho años. Ahora, mediante un interruptor activaba la pastilla central —que había colocado casi rozando las cuerdas en mi trucada Rickenbacker 345S— para potenciar la señal al máximo. La guitarra, de cuerpo semiacústico que había tuneado amortiguando las aberturas con papel de periódico, empezaba a resonar.

En el mes de abril estaba tan cansado y distraído en la escuela que el director del curso de diseño gráfico del Ealing, un pez gordo de la publicidad, me preguntó por mi salud. Según él, en mi segundo año de diseño gráfico, el cuarto en la escuela, mi rendimiento era bueno. Le dije que las obligaciones del grupo me tenían agotado.

—¿Te gusta? —preguntó.
—Sí.
—Ya, ¿cuánto ganas? Cuando le dije que unos treinta pavos semanales, se quedó asombrado. A los diecinueve años ganaba más dinero que él. Sugirió que quizá me fuera mejor si seguía con la banda, y eso fue el principio del fin. Después de los bolos, cada mañana me resultaba más difícil levantarme para ir a clase; finalmente, en algún momento antes de las vacaciones estivales de 1964, dejé la escuela. Mis convicciones musicales me empujaban ciegamente adelante. Yo sentía que estaba tirando de una banda que no se adecuaba a las ideas que me habían inculcado en la escuela, aunque resultara un vehículo mejor que la vida convencional del diseñador gráfico. No estaba tratando de tocar una música que fuera hermosa, sino que confrontaba a mi audiencia con el sonido visceral, atroz, de lo que sabía que era la única verdad absoluta de nuestra vulnerable existencia: un día un avión soltaría una bomba que nos iba a liquidar en un abrir y cerrar de ojos. Podía suceder en cualquier momento. Así lo había demostrado la crisis de los misiles cubanos de dos años atrás. En el escenario me ponía de puntillas con los brazos extendidos, como planeando con un avión. Mientras levantaba la tartajeante guitarra por encima de mi cabeza, sentía que estaba sosteniendo el ensangrentado estandarte de siglos de interminables e insensatas guerras. Explosiones. Trincheras. Cadáveres. El aullido escalofriante del viento. Por ahora lo tenía decidido: me dedicaría a la música.

También había llegado el momento de asumir que debíamos comprometernos como músicos o seríamos incapaces de competir con gente como los Stones, los Beatles y los Kinks. El pluriempleo ya no era viable. Y también era esencial que consolidáramos nuestro propio sonido. Acudí a la sabiduría de Jim Marshall, futuro inventor del «Marshall stack», el sistema de amplificación de elevada potencia empleado por la mayoría de los guitarristas heavys desde mediados de los sesenta. Jim tenía su tienda de música en Ealing Oeste. John Entwistle, uno de sus primeros clientes, estaba encantado con sus cuatro bafles de doce pulgadas para bajo. Mi entusiasmo era menor. John, que ya solía pasarse de decibelios, se convirtió en un escándalo. Me compré entonces unos bafles y les conecté un cabezal Fender Bassman. John, a su vez, compró otros bafles para mantener la ventaja. Pronto lo alcancé con dos amplificadores Fender, el Bassman y un ampli profesional que alimentaba dos bafles de cuatro por doce pulgadas. John y yo habíamos abierto la carrera armamentística del sonido. Fui el primer guitarrista eléctrico del circuito en emplear dos amplificadores a la vez. Tiempo después supe que mi héroe de por entonces, Steve Cropper, de Booker T & the M.G.’s, en ocasiones grababa con dos amplificadores pegados pero en sentido opuesto. Los factores de distorsión introducidos por cada amplificador resultaban más ricos y elaborados al retroalimentarse recíprocamente. También empecé a apilar un altavoz Marshall sobre otro para emular las condiciones del Oldfield Hotel: allí por primera vez puse un altavoz sobre un piano muy cerca de donde yo tocaba la guitarra, generando

así el efecto de acople. Es la configuración que más tarde se conoció como «Marshall stack». Recuerdo que Jim trató de disuadirme, al considerar que aquello podía desplomarse y matar a alguien. Los primeros bafles que tuve iban pegados con grapas para equipaje que me procuró él mismo. Pasados unos meses, persuadí a Jim y a su equipo para que el amplificador no sólo tuviera un sonido más potente sino también más nítido, y fuera capaz de mayor distorsión si lo forzaba.

En el rock’n’roll la guitarra se estaba convirtiendo en el instrumento melódico básico, haciendo las veces del saxo en el jazz y en la música de baile, y del violín en el klezmer hebreo. Empecé a explotar la retroalimentación de modo más creativo; a veces, mi solo de guitarra se limitaba a un largo y machacón aullido lleno de armónicos y silbidos progresivos. En su inmensidad, descubrí algo eufórico, un sonido lleno de movimiento que se derramaba melódicamente. Es algo que exponentes más tardíos del acople con guitarra eléctrica exploraron con mejores resultados, especialmente Jimi Hendrix.

Curiosamente, durante aquellos episodios de bordoneo sentía también cierto embarazo, pero no porque lo identificara con un acto autocomplaciente de profanación musical. La verdad es que ignoraba el origen de estas emociones contradictorias que sentía al crear aquellos sonidos belicosos. Algo parecía burbujear desde mi subconsciente. Jim Marshall siempre se esforzó por impresionar a su padre, un boxeador, y fracasó. Por uno de esos extraños caprichos del destino, con ocasión de la última actuación de Jim como batería, mi padre estaba tocando con él en una pequeña orquesta que había montado. El padre de Jim llegó borracho, y empezó a hostigar a su hijo desde abajo. De pronto, perdió los estribos, se abalanzó contra el padre y le arreó una paliza, a pesar de que el viejo era mucho más fuerte. Jim ya no volvió a tocar la batería como profesional.

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