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Pipi Piazzolla: “Yo no ensayo ni practico para ganar premios, me gusta tocar”

Pipi Piazzolla


Nota: Luis Mojoli


El líder del sexteto Escalandrum habla de sus inicios, de su evolución con la batería, sus proyectos musicales, Elena Roger y Marty Friedman (ex guitarrista de Megadeth), con quienes compartió escenario. De cómo es tocar con una sinfónica. De su abuelo, Astor Piazzolla.

Escalandrum está integrado por Damián Fogiel, Nicolás Guerschberg, Gustavo Musso, Martín Pantyrer, Mariano Sivori y el propio Piazzolla. El grupo obtuvo el Gardel de Oro 2012 por mejor álbum "Piazzolla plays Piazzolla". Este 2019,“Studio 2” fue el disco más ganador, con tres Premios Gardel a Grabación del Año, Álbum de Jazz e Ingeniería de Grabación. 

Daniel ”Pipi” Piazzolla no para: se reparte sus tareas como músico con Escalandrum, Pipi Piazzolla Trío, Fernández 4, el cuarteto de Lucio Balduini, el trío de Hernán Jacinto y el Ensamble Real Book Argentina (proyecto de Esteban Sehinkman). A veces también se presenta con Carlos Michelini o Rodrigo Agudelo.

Pipii

¿Hace cuántos años estás en el circuito musical?
Desde 1993. Empecé con un grupo instrumental que se llamaba La Cara de Dios. Después eso se transformó en la Giusti Funk Corp. A su vez formé Clave Latina con Guido Martínez y Pablo Rovner. Era la época en la que Luis Salinas hacía un ciclo los domingos en Oliverio. Él tocaba con Daniel Maza y Jota Morelli y yo le preguntaba a Maza si no tenía algún alumno para recomendarme. Ahí conocí a Guido Martínez.

Comenzaste con el piano y luego apareció tu abuelo Astor con el famoso sobrecito que incluía dinero para comprarte tu primera batería. Contame cómo fue eso.
Yo arranqué con el piano. Mi abuela me había regalado un tecladito naranja en mi infancia con el cual sacaba de oído las propagandas de la TV. Luego empecé a estudiar piano clásico y después de tres o cuatro años me aburrí y dejé la música. A los catorce comencé a ir a la cancha y lo primero que me llamó la atención fueron los bombos de la hinchada. Era el año 1984, hasta ese momento estaban prohibidas las murgas en las plazas y ese tipo de manifestaciones. Yo nunca había visto algo así: eso me cautivó y empecé a tocar en las mesas y en todos lados. Ahí empecé a estudiar con el Oso Picardi, pero estuve un año y medio sin poder comprarme la batería. Mi papá tenía un restaurant que se llamaba Lo Más Pancho, ubicado en Belgrano, con el cual le iba muy bien. Pero tuvo un problema con un socio y se vio obligado a comprarle la mitad al socio o cerrar. Así que no me podía comprar la batería. Mi abuelo se enteró de esta situación, me invitó a su casa a tomar el té, me llevó a su cuarto donde componía música y me dio un sobrecito con la plata para comprarme la batería. Fue mortal.

Pipi y Astor

¿Qué batería era? ¿Aún la conservás?
Una Pearl Export. La doné al Conservatorio de Música Popular IUPA de General Roca. Tengo buena onda con la gente de allí. La verdad es que la tenía apilada en un cuarto sin usar y ahora la utilizan diariamente.


¿Cómo fuiste evolucionando con el instrumento desde entonces hasta ahora?
Yo tocaba con una batería convencional de bombo de 22’, y medidas de 12’, 13’ y 16’ para tocar rock, durante casi todos los 90'. En 1997 tuve la suerte de que Yamaha estaba buscando endorser y fui a una audición. En ese momento estaban el señor Yamashita, presidente de Yamaha Argentina, algunas personas más y el gran Diego Cánepa, referente de la marca. No sé cuántos bateristas habremos sido, pero quedé yo. Sacaron un cuestionario y la primera pregunta que me hicieron fue: “Si tu vuelo sale a las diez de la mañana, ¿a qué hora vas al aeropuerto?”. Yo les dije que iría tres horas antes. Eran todas preguntas sobre responsabilidad, puntualidad, horarios; sobre qué ibas a hacer con la batería, por dónde cruzás la calle; te preguntaban todo. Quedé yo y desde ese año es que uso Yamaha. Empecé utilizando la típica Recording que tenían Dave Weckl y Steve Gadd, de bombo de 22’, hasta que después, en la década del 2000, pasé al de 20’ y luego al de 18’. Ahora tengo las clásicas medidas jazzeras.

¿Te sentís más cómodo de esa manera?
Sí, siento que un set chico tiene la posibilidad de ser más maleable en cuanto a cambiarle los sonidos: lo podés afinar grave y también muy agudo. Creo que se le puede dar un sonido más personal, pero esa es mi visión; no es absolutista. Percibo que todos los bateristas de jazz suenan diferentes, pero en otras músicas las baterías suenan iguales. Es más, te exigen sonar de esa manera. Y a mí me cansó un poco la exigencia de tener que sonar como tipos que tocan mucho mejor que yo.


El set, ¿es el mismo en vivo que en estudio o hay alguna variación?
No, trato de que sea lo mismo. Cuando entro al estudio de grabación para mí eso es como un documento que refleja lo que estás haciendo en vivo. Salvo que me contraten, pero últimamente no me llaman más para hacer sesiones de rock o cosas así. A excepción de Fernández 4, ahí sí uso medidas más grandes.

¿En qué proyectos estás participando actualmente?
Toco con Escalandrum, Pipi Piazzolla Trío, el cuarteto de Lucio Balduini, el trío de Hernán Jacinto y el Ensamble Real Book Argentina, que es el proyecto de Esteban Sehinkman. Y también a veces me presento con Carlos Michelini o Rodrigo Agudelo.

Escalandrum 1

¿Cómo te manejás con tu agenda? Me imagino que no debe ser nada fácil.
La agenda es un problema (risas). La prioridad es Escalandrum, siempre. Lamentablemente en algunas situaciones me han salido giras y he tenido que dar de baja shows. Pero cada vez que entro a un grupo, aviso. Yo soy buen compañero de grupo, me gusta ensayar, me pongo la camiseta. Pero me llama Escalandrum una hora antes para salir de gira y tengo que ir.

De tanto tocar, me imagino que ya se van organizando de otra manera.
Sí, por suerte ya tengo reemplazos en todos los grupos menos en Escalandrum. Obviamente.


Estuve viendo en YouTube cuando tocaron con la Orquesta Sinfónica de Tucumán. ¿Cómo es trabajar con una sinfónica?
En el grupo tenemos a un crack como Nicolás Guerschberg, que puede escribir para toda la orquesta sinfónica. Eso facilita bastante. Además Escalandrum es un grupo que puede tocar sin micrófonos; nosotros mismos nos ecualizamos. Hemos tocado en el Teatro Colón sin micrófonos y el contrabajo se escuchaba perfecto. Cuando tocamos con la orquesta, había que tener mucho cuidado con los volúmenes. Si llegaba a tocar un poco más fuerte que lo normal no se iba a escuchar nada.

Tenés que tener una finura increíble.
Es muy difícil. Yo estuve practicando mucho tiempo el hecho de tocar a poca distancia. El volumen es recorrido, distancia. Si tocás a poca distancia, con toda tu fuerza, no suena fuerte porque no hay recorrido. Entonces repasé durante meses todo lo que sabía, ya sean cuestiones referidas a solos de tambor clásico, jazz o grooves funkeros, a una altura de 1cm del parche. Eso hizo que pueda tocar suave, pero con intensidad. Una cosa es tocar con todas tus fuerzas a un centímetro del impacto y la otra es tocar normal, pero agarrar los palillos como si fueran escarbadientes. Ahí falta intensidad, no sos vos.


Claro.
Descubrí eso a través de una entrevista que leí sobre el baterista mexicano Antonio Sánchez. En la nota él hablaba acerca de varios shows que tuvo que realizar tocando a muy bajo volumen. Ese dato, el de tocar a poca distancia, me gustó.

Leíste eso y lo estudiaste.
Sí, y además si tengo alguna duda estudio o tomo clases. Por ejemplo, fui a una clase con Kenny Washington en New York y el tipo me atendió en la casa, a las 9 de la mañana, vestido de traje. Empecé a tocar la batería y se tiró al piso con el traje puesto para escuchar el tambor y me daba indicaciones sobre qué tenía que modificar

¡Tremendo!
Me dijo, por ejemplo, que para tocar el platillo ride es ideal hacerlo con la muñeca, porque si lo hacés con los dedos, eso larga armónicos que se meten en el micrófono del piano. ¡Están en todos los detalles!. Y después, el tipo cura los platos, como vos curarías un mate. Estaba convencido de que con unas técnicas, el metal se acomodaba. Dicen que Elvin Jones hacía eso.

Son cosas que las puede llegar a captar muy poca gente.
Sí, ciertamente. La idea es tomar unos mazos mallets durante veinte minutos y darle al plato con toda tu fuerza. Teóricamente ahí algo pasa.


Volviendo a Escalandrum, también compartieron escenario con Marty Friedman, ex guitarrista de Megadeth. ¿Cómo se dio eso?
Fue algo muy loco, porque yo generalmente me tomo pocas vacaciones. Pero en esa ocasión estaba con mi familia de viaje y me llega un mail de Marty Friedman. Él tenía que realizar un workshop de guitarra en Buenos Aires, le quedaba un día libre y quería tocar con Escalandrum. O sea, surgió de él.

Ya te conocía seguramente o había escuchado algo de Escalandrum…
Marty vive en Japón y me dijo que su mujer, que es cellista de la Filarmónica de Tokyo, lo había introducido en Piazzolla. Entonces quizás buscó en Youtube, vio algo de Escalandrum y ahí sintió la oportunidad de meter lo suyo en un grupo que toca Piazzolla de modo distinto. Fue muy loco porque me dijo: “Bueno, tengo este día”. Y yo justo ese día llegaba de viaje a la mañana. Se barajaron varios lugares hasta que se dio lo de La Usina Del Arte. Yo odio estar fuera de training, siempre practico mucho, me gusta estar bien afilado… En fin, llego de viaje y de golpe me encuentro teniendo que ir a probar sonido a La Usina con un tipo que ni siquiera conocía personalmente y con el que íbamos a hacer mucha música. Encima se corrió la bola de que había gente acampando hace dos días para ver el show, así que fue una exigencia tremenda. Por suerte, el resto de los muchachos se juntaron a ensayar con él, por lo cual ya estaba todo más o menos aceitado. Fue una experiencia increíble. Nunca había tocado para un público de heavy metal y me pareció hermoso. Muy leal, tipo hinchada de fútbol.


Has tocado ante ese tipo de audiencias y también en escenarios como el Lollapalooza. ¿Cómo te recibió el público de este último festival?
Bien. Yo estaba muy contento por la oportunidad de que el estilo esté en ese festival. Es hacer presencia, para que después te convoquen para otras cosas.


Es que Escalandrum suena moderno y de vanguardia. El sexteto es realmente increíble.
Y… son muchos años juntos. Pero particularmente yo estaba contento por el ambiente del jazz de la Argentina, porque pensaba: “Si hacemos bien esta, nos van a tener que convocar todos los años”. No me refiero a nosotros, sino a músicos jazzeros argentinos en general. Encima nos dieron el main stage y la gente se volvió loca. Por lo general cuando tocamos en festivales de rock o vamos a los Premios Gardel, a los otros artistas les hacen doscientas notas y a nosotros una.


Esto pasa en Argentina nomás.
No, responde quizás a una cuestión de la popularidad del género. Pero lo que me llamó la atención en el Lollapalooza es que hubo un revuelo acerca de que el show había estado bueno y durante tres horas nos hicieron notas. Todos los medios. Fue tremendo. Me parece que el main stage es mucho.


No creo, pero bueno.
No importa. ¡Ahí estuvimos! El hecho de que haya una banda de este estilo de música, en un festival en el cual está todo al palo y que a la vez tiene un ambiente familiar, puede ser una gran oportunidad a futuro.


Este año ganaron tres Gardel por Studio 2 y ya suman siete con el de Oro que recibieron en 2012.
Tenemos uno cada uno, porque con estos tres que ganamos ahora se completó lo que faltaba. Hasta Facundo Rodríguez, el ingeniero de grabación, tiene uno.

EscalandrumGardel

¿Qué significa para un músico argentino ganar un Gardel?
Es importante. A ver, yo no ensayo ni practico para ganar premios. Me gusta tocar, soy feliz tocando y lo que más me gusta es hacer eso, pero no le puedo dar la espalda al reconocimiento. Aparte es un premio que la gente vota. Esta vez me llamó la atención que mucha gente haya votado Studio 2 de Escalandrum y el hecho de haber estado entre los primeros cuatro. Es muy difícil: no nos pasan en la radio ni en la tele. Creo en los premios Gardel, porque el hecho de compartir nominación con artistas como Andrés Calamaro o Babasónicos da la pauta de que la gente vota de verdad. Para votar Álbum del Año, el disco de Escalandrum figuraba como número 450 en la lista. O sea, tenés que dar vuelta la página, escuchar todo. Es muy difícil realmente estar nominado para el Oro.

Gardeldeoro

                                                      El grupo, tras recibir el Gardel de Oro en 2012


¿Cómo se reparten las giras?
Generalmente tocamos a nivel nacional, pero cuando sale una gira, vamos. No es fácil, es un gran trabajo que hace nuestro manager. Si salieran todas las giras que nos prometen yo no estaría ni dos días en Buenos Aires. Sin embargo, hace poco fuimos a La Paz (Bolivia) y San Pablo (Brasil). Este año se nos cayeron diez giras aproximádamente. Pero se caen algunas y aparecen otras. Vos podés hablar con un tipo durante diez meses y un mes antes te baja el tour porque se le cae un sponsor. Es durísimo. Entonces siempre tratamos de tener todo andando en el ámbito local.

Con respecto al exterior, ¿en dónde sintieron la recepción más cálida por parte del público?
En general, en todas partes, porque escuchan algo que nunca escucharon: es jazz con tinte argentino. Siempre hay muy buena recepción y la gente se va contenta. En Brasil es increíble, vamos tres veces por año. El público europeo también nos apoya, es muy culto, le gusta mucho lo instrumental y lo contemporáneo: tienen la cabeza preparada para escuchar lo más árido del mundo y disfrutarlo mucho.

Escalandrumdegira

¿Y la elección del repertorio varía mucho en Latinoamérica con respecto a Europa?
Es depende lo que pidan. A vecen nos solicitan hacer tours tocando Piazzolla, en ocasiones nos piden interpretar nuestro repertorio; en otras nos presentamos junto a Elena Roger. Por ejemplo, salió una gira el año que viene que se trata de cinco shows con un ballet de Tailandia con el que presentamos un trabajo aquí en el Teatro San Martín y otros cinco con Elena Roger. También este año tenemos agendadas presentaciones en festivales de jazz de San Pablo y Río de Janeiro. El repertorio va mutando. Una vez, por darte un ejemplo, fuimos a Sudáfrica para presentarnos en el festival de jazz de Ciudad del Cabo y después nos llamaron de Johannesburgo para una fecha en un teatro de música clásica. Ahí tocamos obras de Mozart y Ginastera.


De todo.
Por otro lado, ahora estamos preparando un nuevo proyecto con Elena Roger. Todavía es algo secreto y no es música de Piazzolla. Ya tenemos catorce temas y vamos a grabar para Warner Music en septiembre. Luego, hay planes de tocar música de Charly García con Escalandrum en el hall del Teatro San Martín, en el marco del ciclo que se realiza los martes.


¿Y canciones de qué época de Charly quieren hacer?
Lo que nos guste a nosotros. Siempre estas cosas surgen a partir de una votación: “A ver, ¿cuál es tu tema favorito?”. Una vez hicimos el tema “Los Dinosaurios” con Mariana Bianchini y quedó muy bien. Era una versión en 7x4 y sonó genial.

¿Cómo fue que conociste a Elena Roger?
Fuimos a tocar con Escalandrum al Birland de New York y a una universidad de Queens. Elena, que es amiga de Martín Pantyrer, nuestro clarinete bajo, nos invitó al teatro a ver Evita y nosotros la invitamos a vernos al Birdland. Ella siempre quiso cantar Piazzolla, pero no quería hacerlo con una orquesta tradicional. No nos dijo nada, pero después nos contó que cuando nos vio en el Birdland pensó: “Si hago Piazzolla, tiene que ser con este grupo”.Tiempo después, nos llaman para tocar en la inauguración del museo Mar en Mar del Plata y justo tocaba ella con su banda. Hubo un problema en cuanto a los horarios, y su grupo no iba a llegar a tiempo. Entonces le preguntaron: “¿Tendrías problema con que te acompañe Escalandrum?” “No, me encanta”, respondió. Y a nosotros nos preguntaron y también dijimos que sí. Ella estaba en Ushuaia, así que se vino directamente a Mar del Plata, sin ensayar. Luego preparamos todo el repertorio de Piazzolla con los temas cantados.


Era la primera vez que sonaba Escalandrum con una voz.
Sí. Así que obviamente Nicolás Guerschberg, nuestro arreglador y pianista, le preguntó qué temas le gustaban y todo lo referente a los tonos; armamos los arreglos acá en la sala, grabamos las cosas en el celular y se lo mandamos por Whatsapp y ella se lo aprendió. Le enviamos ocho o nueve temas, nos vimos en Mar del Plata en la prueba de sonido, conté “un, dos, tres, cuatro” y salieron ocho temas al hilo. Después, show para tres mil personas y todo perfecto. Esas cosas te hacen llamar la atención, porque todo ocurrió sin ensayo. Ella se quedó enamorada de nosotros y nosotros de ella. Ahí arrancó la onda. Después cuando se puso seria la cosa ensayamos. Pero todo muy relajado. Elena es lo más; un personaje, te morís de risa con ella. Siempre está de buen humor. Viene, canta un tema y está todo bien. No hay rollo. Y la performance que tiene en vivo es muy picante.

Hablemos sobre tu abuelo Astor. ¿Cúantos años tenías vos cuando falleció?
21.

¿Cuál es el recuerdo más cercano que tenés con él? ¿Llegó a verte como músico?

Tengo todos los recuerdos, pero no llegó a verme como músico. Lo que sí te puedo decir es que tuve la suerte de que a los 5 años mi papá empezó a tocar en el Octeto Electrónico, con lo cual fui a cenas, shows y asistí a algo no habitual para un chico de esa edad que es ver un ensayo de Astor Piazzolla. Mi abuelo me llevaba a las jams y además venía de Europa y le decía a mi papá: “Preparámelo a Danielito que me lo llevo al concierto”. A él le gustaba eso. Vi un sinnúmero de shows, incluído el famoso recital del Teatro Colón en 1983. Ese día estuve desde temprano hasta la noche con él; recuerdo que fui al palco presidencial. Había un programa de mano que me firmó: no sé por qué lo hizo, porque ni en pedo le hubiera pedido un autógrafo. Me puso: “Para mi querido Danielito, no te olvides nunca de la noche en la que tu Noni triunfó. Estudiá mucho”. Esa noche para mi abuelo fue como un triunfo, porque le dieron el Teatro Colón para él solo con la orquesta. Ya venía tocando en los grandes teatros de mundo, pero para Astor fue el momento más importante, por lo menos hasta ahí, de su carrera. Estoy muy agradecido de que me haya llevado con él. También hablábamos mucho de música, me recomendaba que escuchara al trío de Keith Jarrett y decía que la batería había nacido con el jazz, así que me impulsó a que estudiara ese género.

NotaAstor

¿Qué más te acordás?
Lo veía que se levantaba a primera hora de la mañana a practicar y escribir. Eso fue todo un ejemplo para mí. Yo no concibo ejercer esta profesión sin ese sacrificio. Es algo natural, como el jugador de fútbol profesional que tiene entrenar. Yo en mi caso a las 8 de la mañana ya estoy sentado practicando en la batería.

¿Cómo es un día en la vida de Pipi Piazzolla?
Por lo general estoy tan ocupado que cada vez tengo menos tiempo para practicar. Este año armé la siguiente metodología: llevo mis hijos al colegio, y de 8 a 10 de la mañana, practico todos los días. Es algo fijo. Después doy cuatro clases por día, máximo cinco. Trato de que eso sea mientras mis hijos están en el colegio, porque quiero estar con ellos cuando vuelven. Por otra parte, con Escalandrum ensayamos los martes a la mañana desde hace 15 años. Con los otros grupos no hay mucho ensayo, pero se va armando según la disponibilidad de cada uno. La verdad es que estoy muy ocupado, toco casi todas las noches.

Además de Yamaha, ¿con qué otras marcas trabajás?
Con Zildjian, Hecos, quienes fabrican baterías mudas; Esenyurt Bags y la firma suiza de relojes Raymond Weil. No se por qué me eligieron a mí como representante latinoamericano (risas). Nos invitaron una vez a la embajada suiza y había un montón de personajes famosos, y me eligieron.


¿Y qué es lo que generalmente te piden o exigen esas empresas?
Generalmente imparto algunas clínicas y obviamente tengo que tratar de utilizar esas marcas, salvo que me presente en un festival y haya un backline con una batería de otra firma. Pero también doy clases con baterías Yamaha y platillos Zidljian.

Grabaron Studio 2 en Abbey Road. Me imagino que para un músico es llegar a la meca de la música. Hablemos sobre esa experiencia única.
Fue una locura, porque es algo que se le ocurrió a nuestro manager hace un montón y le dijimos: “¡Estás loco, sos un delirante!”. Hasta que un día salió un show en París con Elena Roger y nos dijo que había reservado Abbey Road y que ahí íbamos a grabar el disco nuevo. Yo fui sin expectativas, no quería desilusionarme. Pensé: “Vamos a ver qué onda”. La verdad es que desde que entramos hasta que salimos todo estuvo cien puntos. El trato, el lugar, el olor a madera lustrada y encerada y la cantidad de historias ahí vividas; estaba todo impregnado en el ambiente. Cada uno de nosotros teníamos una consola con la cual podíamos ecualizarnos. Yo sentía el contrabajo demasiado grave, entonces lo ecualicé y quedó bien. Podíamos setear todo. La calidad de audio y la sala eran impresionantes. Había un barcito que disponía de cerveza tirada y podías disfrutar ahí tranquilo, sin que nadie te echara (risas). Nunca había ido a Londres y me encantó la onda futbolera que hay: observar a la gente en los bares viendo los resúmenes deportivos, comiendo una hamburguesa y tomando algo. Nos sentimos integrados. Muy cómodo todo.

Quizás la música y el deporte fueron los que te hicieron sentir integrado, ¿no?
Sí, totalmente. Después de ese viaje empecé a tener mucho más respeto por los grupos de rock ingleses. En Estados Unidos tenés muchos solistas: Madonna, Michael Jackson, Neil Young, etcétera. Vas a Londres y son todas bandas: The Beatles, Led Zeppelin, The Who. Sentí que esa onda de banda en Londres era muy familiar.

¿Y por qué pensás que se da esa diferencia?
Creo que porque hay una mayor conciencia de lo que es la cocina de un grupo, es decir, la banda ensayando. Eso es un poco lo que pasa con Escalandrum, ensayamos todas las semanas y somos amigos.

Es difícil mantener un grupo o un sexteto como en tu caso durante tantos años.
En el jazz casi no hay grupos, por lo general son todos solistas. Ahora hay algunas bandas como Snarky Puppy y otras, pero habitualmente son siempre solistas.


¿Cómo te llevás con la composición?
Yo soy baterista de pura sangre o músico sesionista, pero no me siento compositor. Lo hago porque me gusta, pero no podría llamarme así. Hay tipos preparados para eso. Gracias a mi trío, pude aportar algunos temas, pero sinceramente no me desvelo por componer. Si me ponés la batería o el piano, prefiero la batería.


Contame un poco más sobre la grabación en Abbey Road.
Fuimos muy ensayados, preparados y focalizados. Teníamos solamente dos días e íbamos a grabar un disco y terminamos grabando dos. Lo que le digo a la gente es que el estudio tiene mística si estás ensayado: si no estás preparado no la va a tener.

¿Cómo fue el proceso de creación de los temas?
El compositor traía el tema listo, leíamos la partitura y la tocábamos de principio a fin. Todos en el grupo leemos muy bien música. Cuando terminábamos de escucharla, quizás decíamos: “Che, la forma para improvisar a lo mejor no está tan buena. ¿Por qué no hacemos esto otro?”. O sea, íbamos modificando lo que habia traído cada compositor inicialmente. Todo en un marco muy profesional, es decir, todos leyendo partituras.


¿Dónde vez hoy por hoy la evolución del jazz?
Creo que está en la mezcla de las culturas. Lo tenés a Tigram Hamasyan que lo mezcla con música armenia. En Estados Unidos se da una fusión con cosas de blues y funk; tenés el jazz colombiano que fusiona ritmos tradicionales, etcétera. Me parece que la cosa va por ahí. El jazz siempre mezcló culturas. Acordate que el latin jazz apareció hace muchísimo tiempo con gente como Chano Pozo y Mongo Santamaría, temas como “A Night in Tunisia”; “Manteca”. Y después vino Stan Getz con Joao Gilberto; ahí entró la bossa nova al jazz. Hay que seguir sumando estilos y voces de otras latitudes. Hoy en día la globalización permite que eso suceda con mayor facilidad.

Volvamos a la génesis de Escalandrum. ¿Cómo se fue armando el sexteto? ¿Como surgió es el nombre?
Se dio porque nosotros somos un par de amigos que, cuatro años antes de la banda, nos juntábamos todos los días en un bar después del trabajo de cada uno. Yo tocaba con Daniel Maza, Las Sabrosas Zarigüellas, Lito Vitale y la Giusti Funk Corp y después del show me iba al bar, ahí en Honduras y Serrano. Otro quizás tocaba en el programa de Susana Giménez, otro con Sandra Mihanovich y después venía. Nos juntábamos ahí a charlar. Empezamos a ir a ver shows de jazz juntos y se empezó a formar el grupo. Inicialmente la formación fue otra, pero en un año se acomodó todo: en 1999 ya estaba la formación como está hoy. Primero nos conocimos como amigos, creo que eso fue lo bueno. No es que elegís un músico, viene, y se pudre todo porque está re loco o llega tarde a las pruebas de sonido.
El nombre es porque hay un tiburón de las aguas del mar argentino que se llama Escalandrun, pero yo me di cuenta después que se mezcla la palabra escala, de escala musical, y drum, de tambor. Así que quedó Escalandrum. Parece algo relacionado a la electrónica o al drum & bass.


Recordame algunas fechas que se vienen con Escalandrum.
El día 16 de agosto estamos en Concepción del Uruguay. Luego, el 22 de agosto, cerramos el Festival de Tango de la ciudad de Buenos Aires. Ahí nos presentaremos en el Luna Park interpretando música de Astor Piazzolla, con Jairo en la voz como invitado. El 28 de agosto tocamos en el CCK con la Orquesta Filiberto; haciendo los temas de Escalandrum, pero con orquesta. Posteriormente, el 12 de septiembre, llegamos a Córdoba y el 13 realizaremos un show con Elena Roger presentando el vinilo que grabamos con Warner Music. El 28 de septiembre nos presentamos en Thelonius. El día 4 de octubre vamos a tocar en el Festival de Jazz de Asunción (Paraguay); el 8 y 22 de octubre haremos canciones de Charly García en la Usina del Arte. Después tenemos dos presentaciones en festivales de Río de Janeiro y San Pablo.


En estos veinte años ha habido grandes cambios: cambió la forma de consumo de música, apareció el tema de las descargas, Internet pulverizó el negocio de la ventas de discos, aparecieron plataformas como You Tube y Spotify, volvió el vinilo. ¿Qué opinión te merece todo esto?
Antes de responderte, dejame recordate que en Estados Unidos está volviendo el casette. Los casettes duran más que los cd’s. Está volviendo todo. Con respecto a tu pregunta, me pone muy triste lo que está pasando con los discos. Al álbum lo defiendo a muerte, pero tampoco puedo darle la espalda a nuevas ondas. Yo soy músico de jazz y la verdad es que el hecho de que mi música, al estar en plataformas como Spotify o Apple Music, pueda de repente ser escuchada por un tipo que vive en Noruega, es algo sumamente positivo. Lamento mucho la caída de las ventas de discos, pero creo que eso le afecta a artistas que vendían millones de álbumes y hoy la gente los consume vía Spotify. En el caso de Madonna puede ser un problema, pero en el caso de Escalandrum puede ser una vía de llegada, una difusión provechosa.

Antes veías en los vinilos y en los discos dónde se había grabado el material, quién lo había producido, quién era el ingeniero. Esa información no figura hoy por hoy en Spotify.
Yo veo un disco nuevo en Spotify y googleo quién tocó. Los créditos deberían figurar en Spotify. A mí me gustaría poner mi nombre y que aparezcan los 110 discos que grabé. Habría que hacer como un Google pero de Spotify. Falta la información. Me parece tremendo que vos pongas Escalandrum y no sepas quiénes son los integrantes.

Se pierde la cultura de hacer un seguimiento más serio de la música. Uno antes lo hacía con los discos y vinilos.
Yo creo que en algún momento va haber un marco legal, alguien con mucho peso en la industria se va a quejar y se va a tener que cambiar. Lo que más me molesta es eso: que no haya información.


Volvamos a la vez en la cual tuviste que armar un repertorio de Mozart y Ginastera con Escalandrum.
Me llamó el director del Centro Cultural Konex y me preguntó si nos interesaría hacer música de Mozart. Pero dijo: “Háganlo tipo Piazzolla plays Piazzolla”. Si el que organiza quiere que lo hagamos a nuestra manera y con improvisación, ya entrás en tu terreno. Es más fácil. Así que dijimos que sí. A los cinco días, me llama una señora, en el marco del aniversario del nacimiento de Ginastera y me pregunta si Escanlandrum quería hacer música de él. “Sí, como Piazzolla plays Piazzolla” (risas). Después hicimos el álbum ese que incluye música de Mozart y Ginastera, grabado en estudios ION con dos micrófonos y Osvaldo Acedo como técnico de sonido. Él nos convocó porque le gustaba mucho nuestro ensamble y decía que era uno de los pocos grupos que, a su criterio, podía hacer eso.

¿Cómo se dio tu encuentro con el Ingeniero de grabación Facundo Rodríguez?
Creo que fue cuando grabé un disco de Cirilo Fernández o uno de Mariano Sívori. Es espectacular todo: su manera de proceder y su profesionalismo. Terminás de grabar la toma, vas a escuchar y ya parece mezclada. Es un tipo muy agradable con el cual trabajar, por eso lo llevamos a Londres con nosotros. Conoce a Escalandrum y además vivió varios años en Inglaterra. Muy poca gente en el mundo te puede hacer sonar como él en una hora, probando sonido.


¿Y en el Lollapallooza estuvo él?
Sí, es más, yo le dije a nuestro manager que si no venía Facundo (Rodríguez) no tocábamos. Recuerdo que nos subimos al escenario y Facu lo primero que hizo fue apagar el subwoofer, que generalmente afecta a los grupos acústicos, porque ese grave característico no permite que se escuchen las líneas. Acomodó el sonido y Escalandrum sonó perfecto. Debe haber sido la banda con mejor audio de todo el festival.


O sea que también oficia de sonidista. ¿También trabajan con él en teatros y otros contextos?
Sí, vino al Teatro Opera, nos hizo sonido en el Konex y esperemos que pueda venir al Luna Park. Es muy importante en Escalandrum, nunca escuchamos un acople con él. Además Facundo no solamente es el técnico de grabación de Divididos, sino que les hace sonido en vivo también.

En cuanto a música, ¿qué estás escuchando actualmente? ¿Sos de escuchar cosas nuevas?
Sí, todo el tiempo. Siempre fui muy curioso y estoy al día de lo que pasa. Yo creo que por eso Bobby Flores me llamó para que esté en un programa de radio, porque quería que aportara lo que yo escuchaba. Lo que más me gusta escuchar generalmente en el auto es el segundo quinteto de Miles Davis.

Y en este último tiempo, más allá de los clásicos del jazz, ¿qué estás escuchando?
El último disco de Chick Corea. Después escucho mucho al guitarrista israelí Gilad Hekselman, a Scott Colley, Ben Wendel. Por supuesto, siempre sigo escuchando a Wynton Marsalis.


Estuvo bueno lo que hizo con Eric Clapton hace tiempo.
Sí, genial. También grabó cosas con Rubén Blades hace poco.


¿Qué bateristas te influenciaron cuando comenzaste?
Cuando era chico me marcaron Neil Peart, baterista de Rush, y Stewart Copeland de The Police. Luego Gregg Bissonette, Dave Weckl y Vinnie Colaiuta, que fue el que me hizo mucho ruido cuando yo tenía 20 años. Mi ídolo máximo es Tony Williams, el baterista del segundo quinteto de Miles Davis. Su manejo del ride era brillante. En el jazz, el ride es el instrumento más importante. Los capos del toque del ride son: Tony Williams, Roy Haynes, Jeff Ballard y Marcus Gilmore, quien actualmente es el baterista de Chick Corea, pero además tiene su propio grupo y toca con otros artistas.

¿Qué técnicas utilizás habitualmente para tocar?
Soy muy cambiante, pero siempre mantuve el matched grip, que es tocar con las dos manos iguales. Hace unos años tuve una revelación a nivel técnico cuando vi un video en cámara lenta de Tony Williams tocando en Alemania en 1965. Ahí se le ve el movimiento que hace la mano cuando toca el ride. Eso me cambió la vida. Me costó asimilarlo. Yo estaba de vacaciones en ese momento, así que estuve con el pad de práctica en la playa, practicando a full. Después algo revelador fue cuando empecé a tocar con Juan Cruz de Urquiza, a principios de los 2000. Él es el número uno del jazz en Argentina, para mí es como que me llamara Marcelo Gallardo para jugar en River. En ese momento tuve mucha felicidad y un poco de miedo. En el primer ensayo Juan Cruz me dijo: “Pipi, armá todo desde el ride”. Eso fue revelador.


¿Y qué bateristas nacionales te gustan?
De chico era fanático de Jota Morelli, Cristian Judurcha y Quintino Cinalli. Vi a Quintino tocar cáscara latina y a partir de ahí me fasciné con los ritmos latinos. Y después grandes maestros como Junior Césari o el Oso Picardi.
Un punto de inflexión fue a fines de los 90’ cuando vi a Oscar Giunta con el Quinteto Urbano. Con él me di cuenta que se podía tocar una chacarera en un contexto jazzístico. El ponía una franela, ahí arriba del bombo, y empezaba a hacer el bombo legüero. Íbamos a bailar los dos y en la previa no poníamos techno, poníamos “Seven Steps To Heaven” de Miles Davis. Oscar sacaba la cabeza por la venta y gritaba ”Toooony", en referencia a Tony Williams. Y una gran influencia por su groove también fue Pepi Taveira. También me gustó Sebastián Peyceré. De los actuales destaco a Carto Brandán, Gabriel Pedernera, Pablo González, Tomy Sainz y Edu Giardina. Son de otro planeta. No puedo creer lo que toca Edu Giardina. Tiene demasiado swing y condición natural. Yo toda mi vida practiqué para tocar así y no puedo hacerlo como él. Es increíble. Aparte todos son buenos pibes.

 

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