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Rinaldo Rafanelli: siempre en movimiento

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Entrevista: Luis Mojoli
Colaboración especial: Anselmo M. Cunill.

Fotos: Cortesía El Pulso Arte

Leyenda viva del rock nacional, Rinaldo Rafanelli es uno de los que pateó las calles desde principios de los 70 y a base de estudio, ensayo, dedicación, sacrificio y entrega fue metiéndose en la historia del rock argentino, no sólo como bajista sino también como guitarrista, cantante, productor y más.

Formó parte de Color Humano, Sui Géneris y Polifemo, lanzó sus propios grupos y discos (atención a Tao, su discazo de 2019), compartió otros proyectos con destacadas figuras del rock argentino, grabó con Vox Dei y La Pesada, estuvo en el BA Rock, zapó con Pappo; a Rino no le faltó hacer nada en lo referente a la música.

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Hoy, a días de haberse cumplido el 45 aniversario del Adiós Sui Géneris, Rafanelli atraviesa estos días de pandemia en su casa de Villa Mercedes, San Luis, donde reside hace un tiempo. Desde el estudio Pulso Arte ubicado en la ciudad puntana, Rino repasó su trayectoria junto a REC OR Play. Con una memoria asombrosa, el músico también reflejó su posición ideológica acerca del arte y la música y fue tajante: “Donde hay marketing, no hay música elevada”, sentenció. Rinaldo Rafanelli, en un mano a mano profundo:

¿Qué recordás de aquel primer concierto de Color Humano en el Teatro Atlantic en abril de 1972?
Hasta ese momento yo era un músico aficionado. Bah, no tanto, porque ya estaba tocando por varios lados, pero no de manera profesional. Ensayar con Edelmiro Molinari fue groso, porque me cambió el chip a nivel musical y me profesionalizó. De repente me topé con un bajo y un equipo que no estaba usando, un Fender Precision de 1958 y un Marshall de tres cuerpos, de 100 Watts. Encontrarme con eso, con un ex Almendra y David Lebón en la batería, fue genial. Me aprendí todos los temas y cuando llegamos al Atlantic me sorprendió: estaba lleno. Edelmiro empujaba mucho y yo sinceramente tenía mucho miedo. Fue mi debut profesional.

Tocaste ese mismo año en el Festival BA Rock (ya con Moro) que dio lugar a la película “Rock hasta que salga el sol”, donde la banda abre el film tocando “Larga vida al sol” y “Cosas rústicas”. ¿Qué destacarías de ese momento histórico?
Yo ya estaba más canchero cuando llegó Moro, porque habíamos hecho varios shows con David. Lebón es un músico extremadamente sensible y talentoso, sabe tocar cualquier instrumento que agarre.
Pero Moro es Moro. Tocar con él era una cosa tremenda. Cuando entró Moro, el trío empezó a tomar otra dimensión. Cuando fuimos al BA Rock había como 10 mil personas. Para la película se filmó en vivo “Larga vida al sol”, que abre el film. Y el otro tema, “Cosas rústicas”, lo grabamos en Phonalex. Después se filmó en los jardines de Argentina SonoFilm, pero haciendo playback, algo que mucho no nos gustaba, pero no quedó alternativa. Después, cuando hicimos el álbum doble, volvimos a grabar “Cosas rústicas”.
Volviendo al BA Rock, lo que más me llamó la atención, además de la cantidad de público, fue que la gente estaba en armonía: no había peleas, robos, nada. Estaban en paz. Era otra época.

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¿Cómo se dio tu relación con Pappo?
En realidad con Pappo no toqué nunca, pero nos unían las travesuras nocturnas. Salíamos hasta tres o cuatro boliches, zapábamos y terminábamos en alguna disco de día Éramos amigos y teníamos muchas anécdotas. En mi libro próximo a salir, cuyo nombre será Rinosaurio, voy a incluir algunos recuerdos tremendos. No toqué formalmente con él, pero tuve la oportunidad de producirlo en dos álbumes; uno de Javier Martínez, Corrientes y el disco de Botafogo, Durazno de Gala. Pero salvo eso la única anécdota que te puedo decir de Pappo es muy temprana.

A ver…
Yo vivía con David Lebón e íbamos juntos a La Manzana, un boliche que tenía Billy Bond en Recoleta. El lugar era una whiskería nocturna de 22 a 5 de la mañana, pero desde las 16 hasta 22 se realizaban zapadas. Billy Bond cedió ese espacio e iban personajes como Alejandro Medina, Javier Martínez, Claudio Gabis, Luis Alberto Spinetta, Emilio Del Guercio, Pappo, Black Amaya, Vitico, Pajarito Zaguri, Litto Nebbia, Tanguito, todos. Cuando fui la primera vez con David no nos dejaron entrar. Queríamos mostrarnos y qué mejor que hacerlo ahí donde estaban los grosos. Hasta que una vez pudimos entrar y nadie nos echó: las zapadas que veíamos eran impresionantes y aprendíamos mucho de nuestros ídolos. Un día, Lebón pudo subir a tocar y a todos les gustó. Recuerdo que vino Vitico una vez, y me dijo: “Rino, ¿querés tocar?”. Él ya me conocía y ahí había que tocar bien porque si no, no tocabas más. Me prestó su bajo Fender, yo nunca había tocado uno de esa marca. Era un Precision, groso. Me subí y se subió Black Amaya. De golpe apareció Pappo y en dos segundos ya estaba arriba del escenario. Me agarré un cagazo bárbaro y pensé: “¿Con este tengo que debutar en la zapada?”. Me sudaban las manos. Tocamos un blues, un shuffle y un rock y sonó bárbaro. Pappo terminó, desenchufó y se fue. Él hacía eso, pero antes de irse le dijo algo a Black Amaya. Después Black me comentó: “Che Rino, me dijo Pappo que tocaste bien, porque no te escuchó”. “¿Cómo?”, respondí. Y Black me explicó que cuando Pappo escuchaba al bajista, es porque el bajista estaba metiendo muchas notas o estaba tocando mal la base. Era bravo el Carpo, eh. “Mirá, no te escuchó. Le ofrecieron grabar su álbum debut y me dejó dicho si vos querías participar del álbum y entrar en la banda”. “¡Por supuesto que sí! ¿Cuándo graban?”, pregunté. Había que ensayar una semana en la casa de Pappo en Villa del Parque y después grabar. Pero yo no podía, porque tenía que hacer la colimba.No puedo, si soy desertor me van a poner en cana”. Así que les dije que lo llamaran a David Lebón para que grabara el disco de Pappo. Mientras David estaba grabando el disco, yo estaba sirviéndole mates a un coronel: ahí empecé a odiar el sistema de manera furibunda.

¿Y a Charly García cómo lo conociste?
Fue diferente. Yo terminaba de tocar con Color Humano y me lo encuentro al Bondo (Billy Bond) y me dice: “Che, ¿así que no tocás más con Edelmiro? Yo estoy grabando La Biblia de Vox Dei con La Pesada y el Ensamble Municipal de Buenos Aires. Me falta el bajo y la voz líder. ¿Te copás?” Yo nunca había grabado una voz líder, pero dije que sí. Grabé el bajo y canté. Justo ese día había una reunión, se estaba por hacer La Biblia en vivo, y había que armar la banda. Así que me sumé. Estaban Oscar Moro y Juan Rodríguez como bateristas y Nacho Smilari en guitarras. Después se unió el grupo sinfónico. Allí vino Charly García, quien había recibido todos los teclados electrónicos que trajo el Bondo después de su viaje a USA y Charly pasó de tocar un simple pianito a tener Un Fender Rhodes de 88 notas, un String Ensamble Solina símil Mellotron, un Clavinet Korg Hohner y un Mini Moog. A Nito Mestre le trajo una Gibson Hummingbird y una flauta traversa. Y también vino con un bajo Rickenbacker estéreo.

Ahí se cruzaron con Sui Generis, ¿no?
Claro, cuando empezamos a ensayar en Phonalex, Sui Géneris paralelamente estaba grabando allí. La Biblia eran Charly con todos los teclados; Carlos Cutaia en hammond y Jorge Pinchevsky en violín. Y después los cantantes: Billy Bond, David Lebón, Alejandro Medina y Raúl Porchetto. Ahí me relacioné con Charly, porque yo estaba con la guitarra de Nacho Smilari y me ponía a zapar un poco. Hasta que Charly me dijo un día: “Che, ¿querés tocar la viola en el álbum? El bajo está grabado, lo grabó Alejandro Correa”. Así que grabé todas las guitarras en Pequeñas anécdotas sobre las instituciones (1974) y toqué el bajo solo en tres temas: “Tema de Natalio”, “El tuerto y los ciegos” y “Tango en segunda”, que fue el único tema en el que David tocó la guitarra. El “tema de Natalio” surgió a partir de una zapada con Charly: él estaba tirado en el suelo con todos los teclados en su casa, fui, zapamos, agarré la Gibson de Nito Mestre y empezamos a tocar algo tipo Rick Wakeman y salió el tema.
A partir de ahí comencé a hacer shows con Sui Géneris. Me dijeron: “Yo llevo una guitarra Repiso que tengo, venite a los shows porque los temas requieren guitarra”. Alejandro Correa era el bajista. Hasta que un día Charly me llamó para que toque el bajo. Le pregunté: “Che, ¿qué pasó con Alejandro?”. Y me respondió: “¿Vos querés tocar el bajo en Sui Géneris? Si querés tocar el bajo en Sui Géneris, estás adentro”. Primero me relacioné con Charly por los ensayos de La Biblia y luego terminé grabando Pequeñas anécdotas sobre las instituciones. Así empezó mi vínculo con él.

Fuiste parte de tres bandas importantes del rock argentino: Color Humano, Sui Géneris y Polifemo. ¿Qué te dejó musicalmente cada agrupación?
La banda con la que más aprendí fue con Color Humano. Yo antes venía tocando rock and roll de tres tonos, era más bien una forma de tocar salvaje. Jorge Pistocchi, que había quedado como productor de la carrera de Edelmiro Molinari fue y compró 2 Marshall de tres cuerpos, dos bafles y el cabezal Súper Lead, uno de bajo, Súper Bass, una batería Ludwig Octaplus y un equipo de voces groso. Todo eso quedó para Color Humano, imaginate. Salvo uno de los Marshall que se lo quedó Luis Alberto Spinetta, quien estaba formando Almendra. Yo pasé de tocar con un bajo malo a tener que interpretar un material realmente complicado con Color Humano: no fue fácil hacerlo. Me pasaban los temas y en casa los practicaba dos o tres horas por día. Ya después cuando Pistocchi vino con un Fender Precision y el Marshall, logré un sonido impresionante. La verdad es que aprendí mucho de Color Humano, quedé muy bien entrenado. Después, tocar en Sui Géneris fue más fácil, pero con ellos hice muchos shows y giras. Eso es fundamental para el músico.

¿Y qué pasó después de la separación de Sui Generis?
David Lebón, que vivía en mi casa, estaba contento porque iba a presentar su álbum solista que había grabado con los músicos de La Pesada. La idea era presentarlo en el cine Ritz, que era un lugar de encuentro. Pero al final se estaba por cancelar, y yo venía muy afilado de Sui Géneris. Así que le dije: “Toquemos en trío, vos, yo y Juan Rodríguez en batería”. Salía todo de manera salvaje, fuimos, actuamos en el Ritz y arrancó Polifemo. Yo ya venía con la experiencia de Color Humano y Sui Géneris. Con Polifemo me consolidé como bajista profesional.

Y a nivel producción, también generaste experiencia en Polifemo.
Sí, ahí me acerqué al mundo de la producción, que siempre me atrajo. Toda la vida admiré a The Beatles y el trabajo de George Martin. El primer álbum de Polifemo lo produjimos básicamente David Lebón y yo. Y en el segundo, que salió cuando ya se había separado la banda, hice la mezcla con José Soler. Ahí me fui metiendo mucho más en la producción.

Tao, tu segunda placa como solista, es un gran disco donde sumaste al trío a músicos invitados como Ciro Fogliata, Gady Pampillón y Juan Rodríguez. Pero también a otra generación de músicos como Nehuén y Santiago Rapoport. ¿Cuál fue el aporte de ellos al álbum? ¿Qué nos podés contar?
Con Tao, por los temas y mi inclinación a la filosofía taoísta, cambié el carácter. Lo que hice fue desarrollar mis influencias que son tres. Una de ellas son las raíces negras. Las otras dos bien marcadas son The Beatles y la psicodelia, que es algo me fascina. Me parece que ese tipo de música tiende a dar un paso más desde lo no obvio a lo sensorial.
Hice el disco basándome en tres álbumes: Electric Ladyland de Jimi Hendrix, Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles y The Dark Side Of The Moon de Pink Floyd: Ahí hay una data psicodélica impresionante, todo eso está volcado en Tao. Convoqué a músicos grosos para que toquen. Gente como Ciro Fogliatta, Gady Pampillón en guitarras, Juan Rodríguez en batería, y después mis sobrinos, que ambos son bajistas. Pero resulta que uno toca el contrabajo y el otro el saxo alto. Así los invité a Nehuén Rapoport a tocar el saxo alto y a Santiago Rapoport en otra canción.

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¿Cómo describirías al disco?
El material de Tao es absolutamente psicodélico y melódico a nivel The Beatles. Tiene muchos instrumentos melódicos y colores: hay hang, gong, gaitas, cítaras, tabla, tambura, sección de brass, cuarteto de cuerdas, marimbas, vibráfono y más. Es una mezcla de estilos, me gusta hacer eso.

¿Qué podés decir de la grabación de Tao?
Costó sangre, sudor, lágrimas y dinero. Lo produje completamente solo. Grabé algunas bases en el estudio que tenía en Palermo y otras en el estudio Quinta Esencia de Florida. También grabé a músicos en el estudio El Bunker. Después, me mudé aquí a Villa Mercedes, y completé la parte de los coros con cantantes de San Luis en un estudio que yo tenía llamado T-Rec Sound. Y después lo terminé en El Pulso Arte que es donde trabajo ahora. Hay mucho laburo de coros en el disco y, salvo el fallecido Gady Pampillón que grabó unas voces, todos son cantantes puntanos.

Luego de Adiós Sui Generis ustedes tenían programadas varias actuaciones más en Rosario, Córdoba y en el sur. No estaba en ustedes la sensación de que era la última vez que tocaban. ¿Se rompieron todos los equipos luego de uno de los shows? ¿Podés contarnos un poco más qué pasó y cómo pasó?
Dejamos de tocar porque a Charly le empezó a disgustar que la gente no entendiera el nuevo material. A pesar de que estábamos en el momento más alto de popularidad, Charly planteó de no seguir. A mí me pareció bárbaro también, porque tocábamos las canciones nuevas y ni aplaudían. Pedían “Rasguña las piedras”, “Canción para mi muerte”, siempre lo mismo. Incluso estábamos por hacer un nuevo álbum que nunca se llegó a grabar. Cuando le comunicamos esto a Jorge Álvarez, que era el productor de la compañía, nos dijo: “Ustedes están locos. ¿Cómo se van a separar? ¡Están en el pico de popularidad y encima se llevan bien?! Y era cierto, nosotros estábamos bien, el tema era con la gente, que no acompañó el cambio musical. Entonces se organizó el Adiós Sui Géneris en el Luna Park, que incluyó una película y un disco. Luego quedaban por realizar dos shows en el sur, uno en Caleta Olivia y otro en Comodoro Rivadavia, y algunas presentaciones en Córdoba y Rosario. Así que fuimos a Comodoro Rivadavia y salió todo bien. Pero en Caleta Olivia, al otro día, no terminaron bien las cosas. Cuando volvíamos de ese show en auto, vimos un tom de Juan que estaba en la ruta. Se había caído de la camioneta que iba adelante con nosotros, transportando los equipos. Cuando bajamos a ver qué había pasado, vimos todos los equipos diseminados y la camioneta volcada.

Me imagino lo complicado del momento…
Por suerte Totó, el plomo y el tipo que manejaba pudieron saltar antes de desbarrancar. Se rasparon, pero no se lastimaron. Incluso un tom tom de Juan llegó rodando al mar. En definitiva: a Juan se le rajó el bombo y los toms, a Nito se le rompió la Gibson, a mí se me rompió el estuche del bajo, pero no el bajo y a Charly se le rompieron todos los teclados, menos el Mini Moog. Pero cuando llegamos al aeropuerto, en un descuido alguien nos robó el Mini Moog.

Increíble.
Así que no pegábamos una. Pensábamos: “Acá hay una mala vibra, tenemos que terminar con esto”. Cuando subimos al avión, nos agarró una tormenta fuerte en la zona de Trelew y parecía que nos caíamos. Por suerte zafamos. Pero después llegamos a Aeroparque, tomamos un taxi con Nito ¡y chocamos! Así que lo llamamos a Charly y le dijimos: “Charly, no tocamos más. Hay muchos avisos que nos está dando la Providencia”. Él tenía que reponer los equipos y tampoco quería saber más nada. Podríamos haber pedido equipos prestados o buscarle la vuelta, pero la realidad es que, aunque éramos muy amigos, sentimos que había demasiadas señales que estaba dando la Providencia de que podía pasar algo realmente malo.

¿Qué recuerdos tenés del último concierto de Polifemo en el Luna Park?
En ese momento no estábamos bien estilísticamente, porque Lebón estaba muy metido con el rollo espiritual y yo estaba a full con el jazz rock. Los dos que componíamos no estábamos en sintonía: él componía unas letras re voladas y yo tenía otra onda. Nos decían “¿Por qué no siguen tocando rock and roll?”. Pero bueno, hicimos ese concierto y lo quisimos invitar a Pappo que había llegado de Londres, con la idea de meterle más rock a la cuestión. Y no fue una buena iniciativa, porque El Carpo vino re loco de Londres; llegó con cadenas y cueros, ya como para hacer Riff; bien heavy metal. Agredía a todo el mundo. Decía: “¿Qué me mirás vos?”. Lo cierto es que no tocamos bien en aquel show. Fue el fin de la banda, pero no porque estuviéramos peleados, sino porque estilísticamente estábamos en distinta sintonía: él quería hacer música tranquila y yo quería canciones de muchas partes diferentes, bien jazz rock. Fue un delirio mío y delirio de David. Así que después de ese concierto no tocamos más.

Últimamente produjiste a Las Montis (Ojos orientales) en el estudio…
En El Pulso Arte logramos armar un estudio de grabación muy bueno con el que sabemos que, trabajando de manera artesanal, todo es posible. Es más, actualmente estoy grabando dos álbumes a la vez, uno de Las Montis y un álbum mío propio, que se llama Melos. Son todas canciones, con buenas melodías y letras que siempre me habían quedado afuera. Seis canciones son inéditas, tres son auto covers y hay una canción nueva. Estoy produciendo a las Montis y grabando mi álbum: es la primera vez que grabo dos discos a la vez, pero lo puedo hacer por las circunstancias que estamos atravesando.

¿Qué sentiste después de tanto tiempo al juntarte con David Lebón y Juan Rodríguez para grabar en el álbum Lebón & Co, una versión a la Polifemo de “Suéltate Rock and Roll”?
Sentimos lo mismo que antes, tanto humanamente como musicalmente. Después de 30 años, cuando te encontrás a una persona, no sabés qué va a pasar. La gente a veces cambia y no siempre para bien. David vivió muchos años en mi casa, pero no lo veía hace mucho. Con Juan, en cambio compartimos banda en El Adoquín con Gady Pampillón y además siempre lo llamé para que toque tumbas y bongós en todas mis producciones. Pero a David hacía montón de años que no lo veía.

¿Cómo fue ese encuentro?
Apenas nos cruzamos, fue todo puro amor, hubo una onda genial y lo más increíble fue que, cuando empezamos a tocar, sonamos igual que hace treinta años. No me deja mentir la versión de “Sueltate Rock And Roll”, que hay en Lebón & Co. Tiene el mismo power, la misma firmeza que antes, al punto que ni siquiera ensayamos el tema casi. Hicimos dos tomas nomás. Gabriel Pedernera, baterista de Eruca Sativa y productor del álbum, sugirió hacer una versión de Polifemo-Polifemo. “¿Cómo sería eso?”, le preguntamos. Lo que quiso decir es que cuando llegara el solo, que David tocara el solo en trío, que no grabara una segunda guitarra. Fue una sorpresa gigante cómo quedó: la conexión humana y musical está latente. Así que veremos qué pasa: eso depende de Lebón. Él está muy bien con su carrera, pero la posibilidad está.

¿En qué proyectos estás metido actualmente?
El Pulso Arte de por sí es uno de mis proyectos, porque me encontré con gente que tiene ganas de hacer cosas, hay una mínima infraestructura y muchas motivación. Los otros dos proyectos son los dos discos que estoy grabando, el de Las Montis y el mío, Melos. Además, escribí mis memorias. Llamé a mi hermana que es periodista y vive en Bariloche y me dijo: “Vos escribís bien. ¿Por qué no lo hacés vos? Así que me puse y en dos meses completé el ochenta por ciento del libro. Ahora ya lo tengo terminado. Ya firmé el contrato y el registro, solo faltan algunos detalles.

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¿Cómo definirías musicalmente a Pappo, Charly García y David Lebón?
Yo agregaría también a Luis Alberto Spinetta. Son tipos que nunca se traicionaron a sí mismos ni a la música ni a su historia. Pappo, en la época del jazz rock, seguía con el rock y el blues. Siempre estuvo en la de él; en su paladar no estaba el hecho de hacer algo comercial. Luis Alberto Spinetta es el paradigma de la sublimación del músico abocado a su arte. Y nadie lo sacó de ahí. Híper honesto.
Y Charly también. Siempre estuvo un paso adelante, tratando de aggiornarse. David Lebón tiene un poco de cada uno de ellos: hace baladas, pero siempre toca rock and roll. Es un rockero innato y su manera de ser comercial siempre fue dentro de buenas canciones, con excelentes músicos y bien producidos. Hoy en día, la música no sigue esos ejemplos. Me encanta todo lo que le está pasando a David porque es un gran referente para las nuevas bandas y los solistas. Un tipo que simplemente es honesto para consigo mismo y con la música.

¿Cómo ves la música en la actualidad?
Me cuesta decir algo agradable al respecto. Desde que se instauró el marketing en los 90 como método de cómo le tiene que llegar la música a la gente, más toda esta historia de las redes sociales, el aspecto artesanal de la música, lo que hizo grande a The Beatles, Serú Girán, Charly García, Cerati, Almendra, Color Humano, Spinetta, Lebón, no aparece en las nuevas generaciones. Falta ese espíritu, porque estas nuevas generaciones pasan mucho más tiempo con el mouse y el celular que con la guitarra. ¿Quién decide si la música es buena? ¿Un tipo que está más pendiente del contador que de lo artístico? El marketing arruinó las orejas, no sólo de los nuevos músicos, sino del público. Éste ya no quiere escuchar temas donde haya climas y solos. Es como que la música tiene que ser una terapia para solamente mover el cuerpo a través de una catarsis. ¿Qué va a entender el tipo que hace una previa y llega re dado vuelta a un concierto? ¿Va a entender algo de la letra o unas corcheas sonando? Recuerdo que en las épocas de Almendra la gente se emocionaba hasta las lágrimas. Esto no quita que en los barrios no haya bandas haciendo muy buena música, que se la bancan, y que no quieren hacer hit pedorros prefabricados de tres minutos. En todo el país hay muy buenas bandas, pero no se les da pelota, porque los que deciden son contadores. Pappo no estaba con el mouse ni el celular: estaba todo el día, desde la mañana a la noche, tocando la guitarra. Entonces si no pasa eso nunca puede haber resultados agradables en cuanto a la composición y desarrollo musical. Donde hay marketing, no hay música elevada. Fin de la discusión.

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