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El buen audio le hace bien a la gente

Coleman

Entrevista: Luis Mojoli

Es uno de los artistas más completos y versátiles que puede exhibir el rock argentino modelo 2018. Su flamante entrega discográfica, F-A-C-I-L, es una prueba contundente: un puñado de canciones que profesan estéticas diferentes pero unidas por su particular poética y una búsqueda irrenunciable de la excelencia sonora. Coleman es uno de los grandes, vale la pena seguir de cerca cada uno de sus pasos.

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¿Cómo nace tu relación con la música?

Con mi equipo japonés Toshiba, que todavía conservo, que mis viejos me compraron a los 14 años. Con ese equipo escuché por primera vez Heroes de David Bowie, por ejemplo. Es un fierro que no hay con qué darle. Le cambié los fusibles tres en veces en 40 años, nada más. Es increíble. También tengo una deck Ken Brown que volví a comprar hace unos años y que es muy parecida a la que tenía de adolescente. Tenía ganas de escuchar viejos casetes porque es un soporte de audio al que le tengo cariño, de vez en cuando escucho casetes. El oído ya se acostumbró otra cosa pero como tengo casetes viejos por ahí la uso para eso. También tengo un CD player Yamaha que compré hace unos años, es de los 80, un fierro, nada que ver a los que aparecieron en los 90.

¿Y cómo llegaron los primeros instrumentos?

Primero tuve una guitarra nacional que de algún modo no califica como primer instrumento serio. La primera Gibson vino unos meses después del equipo Toshiba. De algún modo vinieron ambas cosas de la mano, la posibilidad de escuchar con un buen audio y el primer instrumento en serio que tuve y que compré con unos ahorros en un trabajo que tuve específicamente para comprarme la Gibson Les Paul usada. El tema es que terminó siendo una Gibson 72 De Luxe que en aquel momento me costó 400 dólares y una nueva costaba 650. Era una maravilla pero yo no sabía lo que estaba comprando. Finalmente hice un cambio de instrumento y se la vendí por la misma plata a mi profesor de guitarra de entonces.

Coleman

¿Y recordás el momento de descubrir la sensación de la música en el cuerpo?
Creo que hay dos momentos parecidos a eso. Uno fue a los 11 años más o menos, en 1974. Mi tío me pasó unos auriculares conectado a un Audinac 510, que era el equipo que había que tener en ese momento. Los auriculares eran objetos de lujo, no era habitual tener auriculares. Y me puso el álbum marrón de los Carpenters. Así descubrí el audio. Fue un viaje inolvidable y al día de hoy me acuerdo de aquella sensación y el recorrido de ese álbum. Cómo descubrí el estéreo, cómo salían los instrumentos de diferentes lugares del espacio, la reverberancia y la voz de Karen que era increíble. Descubrí que la música era algo más que las canciones. Ese audio me conmovió, lo entendí como una herramienta expresiva y es algo que me acompaña hasta hoy. Creo en el audio como algo que le hace bien a la gente, el buen audio te hace bien. Mi tío era folklorista, tenía su guitarra y su ritual para tocar, y algunas veces ensayaba con su grupo en la casa de mi abuela. Fue un gran estímulo para mi presenciar todo eso. Pero el tema es que mi tío fallece sorpresivamente y muy joven y mi abuela, que vivía con él en Laboulaye, me legó su guitarra. Y el otro momento decisivo fue cuando descubrí la guitarra eléctrica. La vi en una vidriera y me fascinó con sus perillas y sus micrófonos.

Ahí empieza otro viaje...

Claro, de a poco me fui metiendo en el sonido. Me gustaban las guitarras que no sonaban como guitarras: Robert Fripp, Steve Hackett. Empecé a escuchar seriamente con el rock sinfónico y quizás por eso el trabajo en estudio es tan importante para mí. O sea, es importante componer una buena canción pero tanto como grabarla de la mejor manera posible para encontrar la emoción que se quiere transmitir. Soy contemporáneo de lo que se llamó el art-rock, el rock generado en el estudio de grabación que puede prescindir del vivo. La utilización del estudio como un instrumento más, la escuela de Brian Eno, que para mí es súper importante en mi crecimiento musical.

¿Cómo nace el material que integra su nuevo disco, F-A-C-I-L?
En el 2015 me agarró la necesidad de empezar a componer música nueva. Es algo casi cíclico que me ocurre cada dos años. Escuchaba música que me resultaba muy estimulante que tenía la característica de contar con partes instrumentales muy desarrolladas. Quería experimentar en otro nivel desde la guitarra con músicas más complejas. Canciones con diversas partes, desarrollos, pre-chorus que no fueran siempre iguales, una vuelta armónica diferente, más largas, etc. Luego de ese primer proceso de composición de donde salieron canciones como “Tu mejor momento”, la primera versión de “Deshechos cósmicos” y “Para sufrir de verdad” —que fue el primer tema que compuse para el álbum y casi se queda afuera— me encontré con que tenía que ponerme a trabajar en las letras. Entonces apareció el pánico de la hoja en blanco porque no sabía sobre qué escribir. Fue un impasse de casi un año en el cual hice un disco en vivo, Actual, que fue grabado en el 2015 en Vorterix.

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¿Cómo se resolvió aquel paréntesis compositivo?

Me di cuenta que la traba compositiva tenía que ver con las letras pero también con que se me estaba pasando el momento de ese primer impulso musical. Estaba arribando a otra instancia distinta que podía convivir con la anterior. Ahí llegué a la conclusión que tenía que hacer canciones más grooveras, con más ritmo. Me encontré con una influencia pospunk o new wave que tenía un poco relegada. Desde Talking Heads o Blondie al pospunk de Gang of Four o el funk blanco, el funk mal hecho, urgente y ansioso. A mí me cabe ese funk porque yo tampoco tengo esa cadencia negra natural. Me encontré con eso que yo había abandonado a fines de los 80 y ahí me doy cuenta que esa música no necesita a la canción como historia sino que con una parte A y una parte B y las palabras puestas inteligentemente pueden ser unidades independientes. En todos los versos puedo decir cosas distintas y no tienen que tener un hilo, un relato unificado. Entonces me puse a componer desde la batería y el bajo. Agarré el bajo, programé unas baterías e hice una secuencia de cinco o seis demos en un período de un mes hasta que me empezó a salir algo que me gustó: “Días futuros”, “F-A-C-I-L” y “El agua no se puede ver” y luego empecé a escribir las letras ya con la lapicera floja, fluyó, se destapó la pluma.

¿Y la incorporación de Juan Blas Caballero como productor?

En el 2016 fui formalmente a pedirle que el disco sonara de determinada manera. Por un lado quería embellecer las canciones desde la forma pero por el otro necesitaba un audio con grano que no estaba escuchando en mis discos anteriores, bajo y batería como una piña al estómago y la voz... El resto que se vaya descubriendo. Ese fue el planteo inicial con Juan Blas.

¿Cómo fuiste llamando a los músicos que tocan en el álbum?

El primero al que llamo siempre es a Dany Castro, por más que yo toque los bajos en los demos. Yo lo necesito a Dany porque él toca como nadie, entiende mi música y me gusta cuando sonríe y me dice que la línea de bajo que hice le parece buena. A Gonzalo Córdoba le muestro los temas y él es como la otra voz de la banda, es el otro guitarrista. Yo tengo mi estilo pero la otra voz es la guitarra de Gonzalo. Entonces, o le dejo lugar para que resuelva o le doy la parte hecha para que la mejore. Sé lo que espero de cada músico y les dejo lugar para su propia creatividad, una combinación de cosas y de confiar en las cualidades de cada uno. 

¿Hay una voluntad manifiesta de sonar en vivo como suena el grupo en el disco?
Son dos disciplinas distintas. El audio de la grabación es independiente del vivo. Desde mi punto de visto defiendo la intención de no sonar en el vivo igual que en el disco. No es un objetivo para mí porque limita las dos cosas. Lo que hacemos es una representación en vivo de las canciones que están grabadas. No usamos ninguna pista y nos exponemos a los errores que son parte del juego y de la música.

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También está Andrés Calamaro en el primer corte de difusión...

Andrés es la estrella invitada pero también estuvo Roly Ureta y Leandro Fresco, además de Diego Cariola en batería y Bodie en sintetizadores. Lo de Andrés fue una idea buenísima de Juan Blas porque le sonaba su voz en la letra de “Días futuros”. Yo tengo una relación muy buena con Andrés pero hacía años que no hacíamos algo juntos. Yo grabé en su disco Vida cruel en 1985, que fue uno de mis primeros trabajos profesionales. Andrés grabó en Madrid y en Buenos Aires elegimos los momentos que más nos gustaron. Quisimos poner las dos voces juntas y quedaron ensambladas muy naturalmente. Son dos voces muy diferentes que congenian perfectamente.

Conociste a Gustavo Cerati como líder de banda, como instrumentista y como productor. ¿Qué podés decir de Cerati como productor?
Siempre fue maravilloso tenerlo como productor. Fueron las primeras experiencias serias que tuve con un productor que trabajara sobre material mío. Eso fue para el segundo disco de Fricción y para el primer disco de Los Siete Delfines. Recuerdo que cuando estábamos grabando el primer disco de Los Delfines fue muy emocionante porque en ese momento yo pensaba que no iba a volver a grabar. Y tenerlo a Gustavo en esa situación fue muy importante. Gustavo siempre fue un tipo con ideas muy claras cuando tuvo que producir mi música y yo confié plenamente en él. Sabía qué era lo mejor que había que hacer para las canciones. Gustavo sabía cómo tener a todos los músicos contentos, era muy hábil en eso también. Me enseñó a tener el sonido antes de entrar al estudio, de encontrar el concepto sonoro de cada canción, porque eso podía crecer en el estudio. Y lo que siempre admiré de él fue la pasión por la música, la pasión por buscar cosas nuevas que veía en Gustavo es algo que siempre tengo presente cuando estoy en un proyecto nuevo. Y la excelencia, buscar lo mejor que uno mismo puede dar, que no es la perfección, la perfección va en contra del arte, te puede arruinar el proyecto. Son cosas que aprendí trabajando junto a él.

¿Recordás tu primer encuentro con él?

Sí, Gustavo tocaba en una banda de un compañero mío de colegio. Vozarrón, jazz-rock-folklórico. Mi amigo era Marcelo Kaplan y tocaban en La Trastienda de Palermo. Teníamos 17, 18 años. Y fui a verlo a Marcelo y su guitarrista era un chico de rulos con una SG, un chorus y un Musicman. Y una voz increíble en una suerte de una chacarera lenta. Así fue que lo conocí a Gustavo.

¿Qué recuerdos tenés como su guitarrista en sus últimas bandas?

Fueron de las experiencias musicales más importantes de mi vida. Tuve una suerte de epifanía en el debut de la banda de Ahí vamos en el Auditorio Nacional de México ante unas 15 mil personas. Me di cuenta que yo estaba para interpretar la música de Gustavo. Me sentí como muy involucrado en esa historia y no me quedaron dudas que entendía el espíritu de la música de Gustavo, que podría sacar algo nuevo de lo que estaba grabado. Si no es repetir siempre lo mismo y en esos momentos plenos de escenarios era cuando aparecía algo nuevo. Lográbamos que cada show fuese algo especial.

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